¿Recuerdan Tláhuac?
¿Recuerdan Tláhuac? Por: Luis de la Barreda Solórzano Viernes 30 de Junio de 2006 | Hora de publicación: 01:52 La semana pasada intenté explicar el motivo por el cual mi voto en la elección presidencial del próximo 2 de julio será a favor del único candidato con posibilidades de vencer al aspirante perredista Andrés Manuel López Obrador. Escribí entonces que creo que el abanderado del PRD tiene alma de dictador, y que no se trata de elucubraciones sobre lo que éste podría hacer y lo que podría dejar de hacer como Presidente de la República sino de la certeza de lo que hizo y lo que dejó de hacer como Jefe de Gobierno del Distrito Federal. Ejemplifiqué con algunos de los desplantes, las acciones y las omisiones que demuestran su autoritarismo, su intolerancia y su desprecio por la ley y las resoluciones judiciales. La falta de espacio me hizo posponer para hoy el asunto más grave: el linchamiento de tres agentes de la Policía Federal Preventiva en Tláhuac. Todavía me estremezco al evocarlo. Al inicio del sexenio de quien se definió como un rayito de esperanza, tuvo lugar un linchamiento en el pueblo indígena de Magdalena Petlacalco. El entonces Jefe de Gobierno dijo: “El caso hay que verlo en lo que es la historia de México. Es un asunto que viene de lejos. Es la cultura. Son las creencias. Es la manera comunitaria en que actúan los pueblos originarios... No nos metamos con las creencias de la gente”. Las normas tradicionales, los usos y costumbres, las creencias de la gente (hasta donde sé, ni los animales ni los vegetales ni los minerales las tienen), ¿han de prevalecer sobre la ley, aun en casos de asesinatos cometidos por la turbamulta? Sí, así fue en el sexenio de López Obrador. Al de Magdalena Petlacalco siguieron otros varios linchamientos. De casi todos ellos hay filmaciones y fotografías. En ningún caso se detuvo a uno solo de los presuntos responsables. Así, de hecho el linchamiento estaba permitido por el gobierno del Distrito Federal. ¿Justicia colectiva? De ninguna manera. La justicia exige un juicio en el que el acusado tenga la oportunidad de defenderse, de exhibir pruebas a su favor, de presentar sus alegatos. La justicia exige que un juez imparcial resuelva sobre la acusación. La justicia exige que la sanción que en su caso se imponga al culpable sea proporcional a la gravedad del delito. Nada de eso hay en el linchamiento. Se prende a un sospechoso al que la masa da por culpable porque alguno lo señala como tal, y el endriago le prodiga, sin que sea escuchado, puñetazos, escupitajos, puntapiés, palos al vientre y a la espalda y al pecho y a las piernas y a los brazos y a la cara y a la cabeza; a veces le prende fuego. No, no hay ánimo de hacer justicia en esos aquelarres. Recuérdense o véanse las escenas registradas por las cámaras. Adviértanse los rostros de los linchadores, ya divertidos, ya eufóricos, ya iracundos, excitados por el espectáculo del que ellos mismos son protagonistas, cebados en el martirio del ajusticiado, vampiros que exigen más sangre, caníbales que reclaman su cuota del bocado. ¿Qué sienten los justicieros al ver que las cuencas de los ojos de los ajusticiados se vacían, que sus rostros se van volviendo cosas informes y sanguinolentas, que sus cuerpos se van desguazando? ¿Alguno de ellos piensa en verdad que está haciendo justicia? ¿En verdad alguno piensa siquiera un instante, mientras golpea con saña, en la justicia? ¿O más bien es la oportunidad de sacar a la bestia, al monstruo que habita su alma? Al saberse que el Jefe de Gobierno dijo que no había que meterse con la manera comunitaria en que actúan los pueblos originarios, al saberse que los linchamientos quedaban absolutamente impunes no obstante que se contara con pruebas para perseguirlos penalmente, ¿no se estaban incentivando tales rituales macabros? En San Juan Ixtayopan, Tláhuac, ni siquiera se tuvo la excusa de que se había atrapado a delincuentes. Si bien corrió el rumor de que los hombres que la multitud tenía en sus manos eran robachicos, ningún niño había desaparecido en el barrio y aquellos se identificaron como agentes de la Policía Federal Preventiva que cumplían con la misión de investigar el narcomenudeo en la zona. El linchamiento tuvo una peculiaridad: fue transmitido en vivo, prácticamente desde su inicio, por cadena nacional de televisión en los dos principales noticiarios. Todo el país sabía lo que estaba pasando y contemplaba, atónito, el ajusticiamiento popular. Los verdugos hacían pausas en su acción justiciera para dar oportunidad a los martirizados de hablar con los reporteros de la televisión. Sangrantes, desfigurados, desdentados, desfallecientes, con pedazos de piel arrancada —pero, asombrosamente, sin mostrar notoria desesperación sino más bien abrumados por la pesadilla que no concluía—, los agentes solicitaban respetuosamente a la superioridad que se acudiera a rescatarlos. Lo más doloroso no fue el linchamiento, a pesar de toda su crueldad y su miseria infrahumana. Lo más patético es que pudo salvarse a los tres policías y, sin embargo, se permitió que dos de ellos fueran asesinados y otro quedara moribundo, pues tuvo más fuerza el menosprecio a la ley, la negligencia, la pereza, la mistificación de los usos y costumbres populares o el absoluto desprecio por la vida de los agredidos, o todo ello junto, que el sentido del deber. ¿Quién no recuerda las sinrazones con las que las autoridades pretendieron hacernos creer que la policía no podía llegar al rescate? ¿Cómo interpretar las explicaciones según las cuales la policía no tuvo posibilidades de arribar a tiempo, sino tres horas después, por la distancia y la orografía (sic) del lugar donde se celebraba la orgía sanguinaria? ¿Cómo no iba a poder llegar la policía si los reporteros, armados sólo con cámaras y micrófonos, se presentaron en la escena del crimen, se abrieron paso entre la chusma, filmaron y fotografiaron la brutal agresión, y entrevistaron a los agentes federales? ¿Cómo admitir que, disponiéndose de un destacamento policial que se encontraba a un kilómetro del lugar donde ocurrieron los hechos, no se le hubiera dado la orden de entrar en acción? ¿Cómo tomar la declaración de que 100 policías no hubieran podido con 1,000 agresores? Probablemente hubieran bastado unos proyectiles de gas lacrimógeno, una bengala lanzada desde un helicóptero, un chorro de agua, un par de tiros al aire y quizá algunos macanazos. En todo caso, había que intentarlo. De la situación nos enteramos todos desde el principio, incluidos por supuesto los entonces Jefe de Gobierno y jefe de la policía preventiva. No se intentó salvar a las víctimas, a dos de las cuales se les roció de gasolina y se les prendió fuego (el otro agente sobrevivió). El inaudito episodio de San Juan Ixtayopan, Tláhuac, se gestó por las declaraciones reverenciales hacia los usos y costumbres del entonces Jefe de Gobierno y por la impunidad de todos los linchamientos anteriores, y su lúgubre desenlace ni siquiera trató de evitarse. ldelabarreda@icesi.org.mx


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